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2015

Blog Archives by Year

  • El Planeta

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    Nuestra madre tierra se inunda de luz

    es el tibio saludo de nuestro padre sol

    caricia tibia de rayos a todos los seres

    del bosque, del cerro, de inmensas lagunas….

    y entre las olas del mar.

    Reflejos del norte, orientando

    abarcando los caminos con interminable esplendor

    es el cambio, en el circulo eterno

    de luz y obscuridad……

     

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  • Como te veo te trato……

     

    imagen 1

     

    Autor Invitado: Susana de León • sdeleon@elperiodico.com.gt 

     

     

    Vestir otro traje para ser uno más y mimetizarse en un mar de personas, la decisión que toman algunos jóvenes indígenas o sus padres para evitar el racismo y la exclusión en las urbes. Mi historia y la de tantos más. Una crónica de tres días con un traje regional para comprobar en carne propia el adagio popular.

     

    “Su disfraz no está completo”, espetó. Por la mueca en mi rostro supo que no la comprendía. “Sí, su disfraz no está completo porque sus pies están demasiado limpios y sus talones no están rajados”, repitió. Debe ser por mi aspecto. Estoy vestida con un traje regional: blusa amarilla con un tono similar al de las casas antigüeñas, un corte azul pavo y mis sandalias favoritas.

     

    Esperaba escuchar estos comentarios por los pasillos de los centros comerciales o al momento de conducirme por las congestionadas calles de la ciudad capital, la segunda urbe más racista del país, según las estadísticas de la Comisión Presidencial Contra la Discriminación y el Racismo Contra los Pueblos Indígenas en Guatemala (Codisra) –la primera es Quetzaltenango–, pero no en la oficina donde trabajo.

     

    Tres días vestida así, como mi madre, mis abuelas, mis bisabuelas y el extenso árbol genealógico que me antecede, con el traje de Santa Cruz del Quiché. Mezclándome entre los jóvenes para comprobar si es cierto aquel adagio popular de “como te veo te trato”. ¿Cómo se vive en la ciudad si una porta un traje regional? ¿Está fundamentado el temor de las generaciones que abandonaron su corte? ¿Prima en estos días el esquema mental de mujer indígena igual a persona analfabeta o empleada doméstica? Había que hacer la prueba, portar el traje después de 25 años y añadir a mi propia historia anécdotas distintas a las de las mujeres de mi familia.

     

    Realizar este experimento no fue el resultado de un capricho momentáneo o un intento de provocación, sino la necesidad de describir desde mi propia vivencia qué sucede cuando se deja de ser uno más por la forma de vestir. “Ser extranjero en su propia tierra”, lo definen antropólogos.

     

    Me llevé algunas sorpresas, por ejemplo, la mejora del servicio al cliente, al menos en los lugares visitados. “Ahora ya te atienden”, decía mi madre recordando un episodio vivido diez años atrás, cuando ella y mi padre esperaron por más de 20 minutos que los atendieran en una agencia de automóviles. El dependiente, un hombre que rondaba los 30 años, solo les alcanzó un folleto con los modelos sin ofrecerles un recorrido por el local. Al señalar el carro de su interés les preguntó asombrado “¿…y ustedes en qué carro vienen pues?”. Pero hemos avanzado, opina Rosa Tacán, excomisionada de Codisra: “Cada vez más entidades se preocupan por encontrar mecanismos para erradicar el problema”.

     

    Anécdotas sobran. Comentarios como el de los pies descuidados, miradas despectivas hacia mujeres que portan el traje de su comunidad lingüística, también. Los hombres conocen el racismo, pero en una dosis menor, “ellos fueron los primeros en despojarse del vestuario regional. Trabajaban y estaban en mayor contacto con el exterior”, dice la antropóloga Irma Alicia Velásquez.

     

    Las actitudes de la población no indígena hacia los indígenas son consecuencia del sistema, residuos de una mentalidad colonial que continúan grabados como con hierros candentes en el subconsciente de muchos ciudadanos.

     

    La piel que habito

     

    Sacudió el corte, lo extendió y lo colocó cuidadosamente para lograr el talle perfecto. Amarrarlo con una faja significó dobleces, una serie de vueltas y varios minutos. Un ritual común entre una madre y su pequeña hasta que aprende a hacerlo por sí misma; un ritual nuevo entre mi madre y su hija de 25 años. En su rostro se dibujaba una sonrisa, como de una niña que viste a su muñeca preferida. Pero sus ojos delataban su preocupación.

     

    Tuvo amigas hasta los 15 años después de rogarle a su padre que le permitiera utilizar el uniforme; escuchó miles de insultos cuando empezó a conducir por la ciudad durante la década de los años noventa: “mirá esa india ¡sabe manejar!”, “adiós Menchú”, y una sarta de disparates más. De haber sucedido en esta década habría podido acercarse a Codisra y denunciar amparada por el artículo 202 del Código Penal. El caso engrosaría la lista de 135 denuncias, el 80 por ciento presentadas por mujeres. La discriminación y el racismo se manifiesta a nivel estructural, institucional, legal e interpersonal, “del último se identifican otros tres: gestos, actitudes y palabras”, explica Tacán.

     

    Veinticinco años atrás, la segunda generación de la familia de mi madre tomó una decisión, “nuestros hijos no serán discriminados”. Un pacto silencioso entre seis hermanos que decidieron cortar dos eslabones en nuestra identidad: el traje y el idioma, elementos importantes para los k’iche’s. Como si una máquina del tiempo los hubiera transportado hasta el siglo XIX optaron por la “ladinización” de la siguiente generación. Eligieron lo que la investigadora Guillermina Herrera conceptualizó como “la sustitución de la cultura indígena por la occidental como puerta para cerrar las diferencias en la sociedad”.

     

    Ni idioma ni traje en el colegio o la universidad. Ambos elementos fueron escondidos en un cofre con un candado y enterrados en algún recoveco de la historia de nuestra familia. El coordinador del Observatorio Nacional Indígena, Mario Itzep, manifiesta que “la única manera de cambiar paradigmas, actitudes y prácticas es a través de la educación”. En el colegio mis compañeras conocían nuestro origen cada vez que había un acto al que debían asistir padres de familia. Producto del miedo heredado mi hermana y yo temíamos. A nadie le gustaban “los inditos”. Durante la primaria, tener una madre que usara corte lo traducían a vivir en una casa sin luz o pertenecer a una clase social sin recursos económicos, pese a que mis padres estudiaron en la universidad.

     

    Los pequeños pueden ser crueles. No es culpa solo de ellos. Hernández, la investigadora, expone que “el niño adquiere su lengua materna en un contexto social, el cual es indispensable, aunque insuficiente sin el componente innato. Aprende el sistema, la estructura que le hace hablante/oyente de la lengua. Palabras y expresiones le seguirán llegando a lo largo de la vida, y él –dueño de la lengua– sumará novedades a su repertorio inicial”. La explicación del sociólogo Héctor Rosada sobre el temor a utilizar el traje es que “se capta un sistema de actitudes y creencias de otros grupos; también los odios y rechazos, por eso causa conflicto regresar a utilizar el traje”.

     

    Es miércoles, lista para iniciar el experimento. Esta idea distorsionada se disipó al enfrentarme al espejo: Solo soy yo y un traje, ¿qué puede suceder? La primera parada fue una conocida tienda de café. La cajera, una veinteañera, fue amable. Quizá demasiado. Desde hace un año compro regularmente su producto y jamás se había portado así. Parecía perturbada. La segunda parada fue mi lugar de trabajo “Caituda, le faltaron las trenzas”, fue el saludo de la recepcionista. Pese a que estaba bromeando, supe que se trataba de un estereotipo, “uno de los tres elementos de la discriminación”, dice Velásquez, la antropóloga. Fue molesto, pero pensé en mi madre y su historia del uniforme, después de un tiempo renunció a él. Retomó su traje indígena e hizo caso omiso a los comentarios.

     

    La jornada laboral finalizó. Última parada: El cine en un centro comercial de la diagonal 6, en la zona 10. Resultado final: Las muestras de afecto entre una pareja interracial causan la misma impresión que un zombi descendiendo en un elevador.

     

    La ropa pesa

     

    “Pero si está demasiado combinada para ser indígena. Ellos no usan esa marca de anteojos graduados –Dolce&Gabbana–, ellos no calzan ese tipo de zapatos”, los comentarios afloraban nuevamente en un campo de prejuicios de algunos compañeros. “La forma de simbolizar es un proceso difícil de ver”, dice Rosada. Sin embargo, se evidencian con estos comentarios.

     

    En la mente de muchos ciudadanos predomina el estereotipo de indígena igual a campesino, o, mujer indígena equivale a empleada. Pero han ocurrido más cambios en las dos últimas décadas: “un artículo que penaliza la discriminación en el Código Penal, por ejemplo”, dice Edgar Gutiérrez, director del Instituto de Problemas Nacionales de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Ipnusac). En las últimas décadas más indígenas han invertido en la educación de sus hijos.

     

    Al día siguiente, un jueves, caminé por los pasillos de un centro comercial con fama de elitista. El columnista y bloguero Christian Kroll-Brice compara la actitud de los usuarios del lugar con la forma de pensar de un famoso personaje de la pantalla chica: “Chusma, chusma, uuuh”, le decía Kiko a Don Ramón antes de empujarlo, despreciarlo y retirarse a sus aposentos. Y se entiende, tan feo que es tener que convivir con la chusma, tener que compartir el espacio público con ellos, sufrir su mirada acusadora, oír sus incomprensibles lamentos monetarios, ¡olerlos! Además, no es que Kiko tuviera otra opción. Tenía que hacerlo. Era el mandato familiar, la tradición, la respuesta condicionada al juicio materno: “No le hagas caso, tesoro. Y no te juntes con esta chusma”, le repetía una y otra vez Doña Florinda. Supongo que Kiko en algún momento dudó al repetir las palabras de su madre, al empujar a Don Ramón y despreciarlo por feo y por pobre; pero supongo también que finalmente terminó por internalizar el discurso, por tomarlo como parte intrínseca de su identidad y símbolo inequívoco de pertenencia a su clase social: la chusma, mientras más lejos, mejor. Si Kiko se mudara al país no dudaría en comprar una propiedad en ese centro comercial (también ofrece complejo de apartamentos)”.

     

    Busqué un bolso en una boutique donde las piezas superaban los Q15 mil. Pregunté por una computadora personal y por último fui por un café con unas amigas. Del servicio al cliente, ninguna queja. Pero las miradas nuevamente interferían en mi espacio personal. No lo imaginaba, no era paranoia, mis amigas también lo notaron. En uno de los pasillos, un grupo de jóvenes nos siguió con la mirada hasta marcharnos de su campo de visión. En el restaurante, una joven nos veía con la minuciosidad del científico que estudia una bacteria a través del microscopio. Les impresiona que el estatu quo cambie, “desde pequeños aprendieron quién es fuerte y quién débil; quién manda y quién debe obedecer”, dice Rosada.

     

    Diferente hora, diferente grupo de amigos, mismo lugar. La misión era colarse e ingresar a una de las discotecas más exclusivas. Desde lejos observábamos a quien permitía el ingreso. Dos parejas esperaron ansiosos durante 20 minutos para entrar, sus atuendos encajaban con el ambiente. Nuestro grupo hizo también la cola. El bouncer, un tipo musculoso y alto, nos permitió entrar sospechosamente rápido.

     

    Nadie quiere mala publicidad o una condena de cuatro a seis años de cárcel por discriminación, le comenté al bartender del lugar. Un joven con rasgos indígenas, distinto a los chicos con chaleco, camisas bien planchadas y cabellos cuidadosamente peinados que bebían la cerveza y cócteles de vistosos colores que les preparaba. “Es por los dueños, ellos son bastante abiertos. Algunos dan instrucciones terminantes de no permitir la entrada a ‘cierto tipo de gente’. Creo que algunos son racistas”, dijo. No ahondó más en el tema, debía volver al trabajo.

     

    En la discoteca nadie me prestaba atención. Recordé el dicho “de noche todos los gatos son pardos”.

     

    Gestos

     

    La inscripción es tan cara como la colegiatura en un centro educativo para la clase media. Los salones tienen pocos estudiantes y un bar privado ofrece delicadezas bajas en calorías. En el segundo nivel de un edificio con tiendas de diseño está el gimnasio que visité. Mi blusa era púrpura y un corte hacía juego. Tomé la iniciativa, me acerqué a uno de los tres recepcionistas.

     

    Recordé las palabras de Velásquez, la antropóloga: “las nuevas generaciones se ladinizan porque es una forma más fácil de sobrevivir, una forma más humana para sentirse aceptados”. El recorrido fue corto: subir unas gradas, observar dos estudios para ejercicios de alto impacto, pero jamás me condujo al restaurante, de regreso a la recepción. De nuevo las miradas. Ingresó algunos datos a su computadora, me pidió el correo electrónico para enviarme información sobre equipo y cuotas. La bandeja de entrada recibió durante dos semanas mensajes de diversas entidades, menos de ese gimnasio.

     

    De regreso a la oficina. En la entrada dos mujeres esperaban al mensajero. Observé con el rabillo del ojo un codazo indiscreto; intercambiaron miradas y una risita nerviosa. “Los gestos que acompañan una expresión racista utilizan a menudo este lenguaje metafórico. Por ejemplo un codazo”, explicaba Guillermina Herrera en su libro. Un desprecio histórico, eso viven cada día tantos guatemaltecos. La semana del experimento el futbolista Marvin Ávila, interpuso una denuncia ante el Ministerio Público por racismo. Los padres del niño Mario Francisco Gamboa denunciaban a los medios de comunicación que su hijo se había suicidado después de ser víctima de bullying en la escuela. Solo por el color de su piel. Hay quienes se quejan por ser mal atendidos por vestir con botas y sombreros, usar vestidos sencillos, hablar mal… y una lista interminable.

     

    Durante la Época Colonial todos buscaban un título de hijodalgo. “Uno de los aspectos sustanciales de la escala de valores de la elite guatemalteca. Su deseo de autoafirmarse como español o como descendiente de la nobleza española, no solo por el interés de un título y una encomienda, sino por la necesidad de diferenciarse del indígena y del mestizo”, escribe Marta Elena Casaús en su libro Linaje y Racismo. La pureza de sangre era importante en la Guatemala de antaño para justificar las desigualdades y privilegios de españoles ante indígenas y mestizos. Una etapa que, algunas veces, parece no superada.

    Casaús también relata que en la sociedad colonial “primó la apariencia sobre la existencia de condiciones objetivas: exteriorizar valores, indicar por toda clase de signos externos que se era noble o hidalgo”. En esta época se podría traducir a vestir un pantalón, una blusa o un vestido a cambio de los trajes regionales para ser aceptado en esferas históricamente seleccionadas para ciertos tipos de personas. “Cada paso es más lento mientras más lejos, mientras más alto se quiere llegar”, comparte Irma Alicia Velásquez. Se abrió brecha hasta la mitad del camino; el resto, debemos abrirlo todos, coinciden los consultados.

     

    ¿Cómo te veo te trato? Sí, detalles insignificantes como la marca de los lentes, los zapatos, buen manejo del castellano y la capacidad económica determinaron el trato en los sitios visitados. Una historia distinta de no hablar bien el idioma, no tener escolaridad o proceder de alguna aldea lejana, ese es el racismo que urge superar.

     

    “Antes de la Conquista, en Guatemala existían nativos, es decir, la población original del territorio y peninsulares. Después de la llegada y enfrentamientos de ambos grupos en 1523 empezó el mestizaje, durante una década no hubo ninguna mujer europea. En 1541, los españoles ganaron militarmente la guerra, los nativos se convirtieron en indios, y las mujeres españolas llegaron al país para evitar mestizajes”, explica Rosada, el sociólogo. ¿Qué es lo que hay realmente en Guatemala?, cuestiona el investigador. Cuatro grupos: indígenas, mestizos, criollos y otros, para cada categoría los otros tres son “el otro”. Sin embargo, “llegará un momento donde el proceso de mestizaje se coma al criollo –el más racista porque se cree español, nunca superó su conflicto de identidad– porque hay quienes ya no se preocupan por la lógica racista”. Ven las cosas distintas, ya no con desprecio.

     

    Portar un traje regional en la ciudad es un acto de valientes. Soportar miradas o comentarios que se rescatan en las calles es parte del día a día de las mujeres que no temen diferenciarse entre ese mar de gente. Ellas se abren camino y lo despejan para los que vienen detrás pese a las anécdotas derivadas del adagio “como te veo te trato” que acumularán.

     

     

     

     

    >  Quetzaltenango, Guatemala, Alta Verapaz, Santa Rosa e Izabal, los departamentos con el mayor número de denuncias de racismo en el país.

     

    «En el lenguaje académico se ha sustituido la palabra raza por etnia o pueblo. Sin embargo, los estudios sociales mantienen el término racismo, porque en la interacción social valoramos las diferencias biológicas o culturales de nuestros congéneres, por mínimas que sean. También las relacionamos y asociamos con competencias, habilidades y desempeño de los individuos que pertenecen a un determinado grupo socio cultural”,

     

    Guillermina Herrera,  en el libro El Sueño de Pigmalión.

     

     

    «El proceso de identidad está completo en el momento en el que me identifico y me ubico donde quiero estar”,

     

    Héctor Rosada, sociólogo.

     

     

    Tomado de:

    http://elperiodico.com.gt/es/20130922//234886

     

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  • Aprendí El Español Para No Callar

    Sandra-Xinico

     

    Autor Invitado: Sandra Xinico Batz

     

    Soy una mujer maya (como miles en este país) que aprendió a hablar y escribir español hasta que ingresé a la escuela, mi primer encuentro con este idioma fue difícil ya que nunca se está completamente preparada para insertarse en otro mundo de la noche a la mañana, así como implica el sistema educativo en este país y el proceso de aprendizaje de otro idioma, en este caso (kaqchikel-español), con sistemas y de pensamiento completamente diferentes, pero hechas coincidir por la invasión de nuestros territorios y la colonización.

    Según la maestra de mi primer año de escuela, el primer día de clase, en mi idioma maya le repetía una y otra vez que no entendía lo que me decía y que yo solamente sabía hablar kaqchikel; a mi corta edad no comprendía por qué la educación no podía ser en nuestro idioma si éramos la mayoría y por qué ambas culturas -kaqchikel y mestiza- no podían comprenderse entre sí en sus idiomas a pesar de convivir y “cohabitar” en un mismo lugar. Desconocía en ese momento que esto le ocurría (y sigue ocurriendo) a muchas niñas y niños indígenas en todas partes del país.

    Este proceso de bilingüismo por el que los pueblos indígenas pasamos no es sencillo porque es efecto de la historia, prácticamente impuesto, ya que el español es el único idioma avalado por la Constitución Política de la República hasta la actualidad y quienes no lo hablan son aún más excluidos y discriminados. Se es analfabeta por no hablar español, pero jamás se es si no se habla ningún idioma maya, garífuna o xinka, por más que permanezcamos una vida entera en un país con 24 idiomas diferentes.

    En Guatemala, para los indígenas, como nos expresemos en español puede determinar si obtendremos o no un trabajo (y qué tipo de trabajo), un buen o mal trato, una burla o un halago, un insulto o un “lo pienso, pero no lo digo”. Como pronunciemos el idioma es fundamental para ser o no “aceptados” socialmente. La mejor pronunciación significa eliminar todo acento indígena que pueda dar entender o interpretar que somos indígenas. Esto ha provocado que generaciones de padres indígenas opten por enseñar a sus hijos como primera lengua el español para evitar que el racismo les golpee más de lo que la estructura social, económica y política hace cotidianamente.

    Afortunadamente los pueblos hemos evolucionado y nuestra existencia persiste precisamente por la fuerza que hemos tenido en mantener por miles de años nuestros idiomas (a pesar de lo adverso del pasado y presente) y por adaptarnos al español para poder sobrevivir. Ese miedo que provocó en mi ese primer encuentro nada romántico con el español (hace más de 20 años), se diluyó conforme me fui empoderando de estas letras, de este idioma, como una herramienta más para que se escuche nuestra voz, para afrontar esta necesidad latente de los pueblos por documentar nuestra historia, para denunciar el racismo que no nos permite vernos/reconocernos y para tejer voces, entre ustedes y nosotros, entre todas y todos, voces que puedan trasformar la realidad, nuestras realidad.

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  • El Soplo de los Ancestros

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    Autor Invitado:  Birago Diop

     

    Escucha más a menudo

    A las cosas que a los seres,

    La voz del fuego se escucha,

    Escucha la voz del agua,

    Escucha en el viento

    Al zarzal sollozando:

    Es el soplo de los ancestros.

    Aquéllos que han muerto no se han ido nunca

    Están en la sombra que se alumbra

    Y en la sombra que se espesa,

    Los muertos no están bajo la tierra

    Están en el árbol que se estremece,

    Están en la madera que gime,

    Están en el agua que corre,

    Están en el agua que duerme,

    Están en la cabaña, están en la multitud

    Los muertos no están muertos.

    El soplo de los ancestros muertos

    Que no se han ido,

    Que no están bajo la tierra,

    Que no están muertos.

    Aquéllos que han muerto no se han ido nunca,

    Están en el seno de la mujer,

    Están en el niño que llora,

    Y en el tizón que se aviva,

    Los muertos no están bajo la tierra,

    Están en el fuego que se apaga,

    Están en el peñasco que se queja

    Están en las hierbas que lloran,

    Están en el bosque, están en la morada,

    Los muertos no están muertos.

    Escucha más a menudo

    A la cosas que a los seres,

    La voz del fuego se escucha,

    Escucha la voz del agua,

    Escucha en el viento

    Al zarzal sollozando:

    Es el soplo de los ancestros.

    El reitera cada día el pacto,

    El gran pacto que une,

    Que une a la ley nuestra suerte;

    A los actos de los soplos más fuertes

    La suerte de nuestros muertos que no están muertos;

    El pesado pacto que nos une a la vida,

    La pesada ley que nos une a los actos

    De los soplos que se mueren.

    En la cama y en las orillas del río,

    Los soplos que se mueven

    En el peñasco que se queja y en la hierba que llora.

    Los soplos que moran

    En la sombra que se alumbra o se espesa,

    En el árbol que se estremece, en la madera que gime,

    Y en el agua que corre y en el agua que duerme,

    Los soplos más fuertes, que han tomado

    El soplo de los muertos que no están muertos,

    Los muertos que no se han ido,

    Los muertos que no están más sobre la tierra.

     

    Escucha más a menudo A las cosas que a los seres. «

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  • Autoridad Ancestral

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    Universo de gente descalza

    con fuerza de invierno y de frìo

    varas de autoridad de  antaño

    justicia  oculta casi en neblina

    frentes morenas, Dioses eternos!

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  • Originarios

    Hablando con el Fuego

     

    Autor: Pedro Ortiz – Samai

    Fotografìa: Autor desconocido.

     

    Seremos así, al salir el Sol,

    el bosque en la mirada del abuelo;

    seremos la vida que llevan en la sonrisa los niños de nuestra Amerindia;

    dispondremos de la medicina natural

    para sanar el espíritu guerrero de nuestro pueblo ancestral.

     

     

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  • A ti te Hablo

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    Fotografìa: Linda Champagne.

     

    Cabalga!  hijo del viento, de la madre tierra,

    descendiente del ancestro de la luna y del corazòn del cielo

    une las plegarias con soles  desde el infinito

    mostrando la fuerza creadora, de posibilidades

    de añoranzas y sueños para nuestro Universo entero.

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  • Mamà

    A Palestinian boy holds a burning candle during a protest to show solidarity with Syrian people, in Jabaliya refugee camp in the northern Gaza Strip September 24, 2012. REUTERS/Suhaib Salem (GAZA - Tags: POLITICS CIVIL UNREST)

     

    Detras de una vela su imagen. Su sombra envuelta en tenue luz.

    Como el dìa en que construyò mi lugar de descanso.

    Tres tablas cuatro cajones de madera en donde se transportaba el jabòn en bola.

    Un colchoncito de paja y mis frazadas. Una de algodòn, otra de franela

    y la idea de coser en medio dos lienzos de terciopelo color vino.

    Usted madre buscando con amor los elementos para construir  mi refugio.

    Nunca volvì a dormir tan bien, en toda mi vida

    ni a sentirme tan querida y regocijada.

    Gracias Mamà!

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  • Mensajero del Viento

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    Amado no humano, ser vivo, parte del universo,

    fundido en simiente eterna de ocasos y mañanas frescas;

    voz de fuego en medio del viento, marea de agua de mar.

    Suave marea, oleaje de amor puro y verdadero

    perdona al ser cretino por creerse perfecto y dueño de todo,

    por torturarte, por no respetarte……..por no entender tu lenguaje.

    Te abrazo sintiendo el latir de tu pecho,

    observando tus ojos puros he de llorar, prefiriendo morir,

    obsequiàndote el lucero y la estrella con rugido de plata;

    transformando la vida y el universo entero al nivel de tu vida,

    al nivel de tu gracia, tu luz y ternura……

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  • A Èl

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    Se le negò su lengua, la forma original de llamar por su nombre a las cosas, para aprender a llamarlas de otra forma, de otro modo………….

    Se hizo amigo del silencio y del sonido del viento que se prende en el monte, en el frìo de noviembre.

    Solo su inseparable compañìa; caballo y perro le brindaron voluntad al dueño absoluto del tiempo, señor del campo.

    Su relaciòn con la madre tierra y las plantas era pura, porque conocìa la manera de hablarles, de platicarles; entendiendo su idioma, compartiendo momentos.

    Dedicando riqueza; un tiempo que poseìa soles o lunas, sombras o luz.

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