marzo 2026
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Semillas de Luz
La luz que ves en mis palabras
nace de la luz que tú misma entregas.
Solo te la devuelvo,
como un espejo que sabe amar.
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“Entre Puertas Abiertas y Memoria Ancestral”
Hoy quiero expresar una alegría profunda: ver cómo nuestros pueblos originarios avanzan en la educación académica occidental. Es un logro importante, un camino que abre oportunidades y nos permite comprender mejor el mundo en el que vivimos. Pero, sobre todo, quiero recordar algo esencial: nuestra verdadera fortaleza está en no perder los valores ancestrales que nos han guiado desde siempre.
La educación de nuestros abuelos y abuelas —esa que nace de la tierra, de la comunidad, del respeto y del equilibrio— sigue siendo la base para comprender la vida y para caminar con dignidad. Por eso me preocupa cuando veo que, en el proceso de adaptarse a un sistema dominante, algunas personas comienzan a perder su identidad. Tal vez iniciaron ese camino para entender este mundo occidental, para luchar por la justicia social, para abrir puertas. Pero ningún conocimiento debería alejarnos de nuestra esencia, de aquello que nos hace un pueblo maya respetable y lleno de sabiduría.
Los desafíos son muchos, sí. Pero también es grande nuestra fortaleza. Cuando permanecemos fieles al buen vivir, cuando honramos nuestra cultura, cuando recuperamos nuestra lengua y nuestro idioma ancestral, estamos haciendo un acto de amor hacia quienes vinieron antes y hacia quienes vendrán después.
Avanzar en la educación académica es importante. Pero hacerlo sin perder nuestras raíces es un acto de resistencia, de orgullo y de esperanza. Porque estudiar no significa olvidar. Significa crecer para servir mejor a nuestra comunidad, para abrir caminos sin renunciar a lo que somos.
Sigamos adelante con la frente en alto, con la memoria viva y con la certeza de que ser maya es un honor que se lleva en la palabra, en la lengua y en el corazón.
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Espiritualidad
Cultivar el espíritu es abrirse a la comprensión del universo, del cosmos silencioso que nos sostiene, del origen innato de la vida y de la muerte. Es reconocer el movimiento perpetuo de la materia, sus ciclos, sus transformaciones, y, al mismo tiempo, la permanencia de aquello que no se disuelve: nuestra esencia, nuestra alma. Porque en nosotros habita también la eternidad del tiempo y del espíritu, ese tiempo que no solo pasa, sino que se entreteje con nuestra existencia, que nos moldea con cada experiencia, con cada hecho, con cada cambio que nos invita a renacer. Y así, entre lo que fluye y lo que permanece, vamos descubriendo quiénes somos: un instante en movimiento y una luz que no se apaga.



