2026
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“Entre Puertas Abiertas y Memoria Ancestral”
Hoy quiero expresar una alegría profunda: ver cómo nuestros pueblos originarios avanzan en la educación académica occidental. Es un logro importante, un camino que abre oportunidades y nos permite comprender mejor el mundo en el que vivimos. Pero, sobre todo, quiero recordar algo esencial: nuestra verdadera fortaleza está en no perder los valores ancestrales que nos han guiado desde siempre.
La educación de nuestros abuelos y abuelas —esa que nace de la tierra, de la comunidad, del respeto y del equilibrio— sigue siendo la base para comprender la vida y para caminar con dignidad. Por eso me preocupa cuando veo que, en el proceso de adaptarse a un sistema dominante, algunas personas comienzan a perder su identidad. Tal vez iniciaron ese camino para entender este mundo occidental, para luchar por la justicia social, para abrir puertas. Pero ningún conocimiento debería alejarnos de nuestra esencia, de aquello que nos hace un pueblo maya respetable y lleno de sabiduría.
Los desafíos son muchos, sí. Pero también es grande nuestra fortaleza. Cuando permanecemos fieles al buen vivir, cuando honramos nuestra cultura, cuando recuperamos nuestra lengua y nuestro idioma ancestral, estamos haciendo un acto de amor hacia quienes vinieron antes y hacia quienes vendrán después.
Avanzar en la educación académica es importante. Pero hacerlo sin perder nuestras raíces es un acto de resistencia, de orgullo y de esperanza. Porque estudiar no significa olvidar. Significa crecer para servir mejor a nuestra comunidad, para abrir caminos sin renunciar a lo que somos.
Sigamos adelante con la frente en alto, con la memoria viva y con la certeza de que ser maya es un honor que se lleva en la palabra, en la lengua y en el corazón.
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Espiritualidad
Cultivar el espíritu es abrirse a la comprensión del universo, del cosmos silencioso que nos sostiene, del origen innato de la vida y de la muerte. Es reconocer el movimiento perpetuo de la materia, sus ciclos, sus transformaciones, y, al mismo tiempo, la permanencia de aquello que no se disuelve: nuestra esencia, nuestra alma. Porque en nosotros habita también la eternidad del tiempo y del espíritu, ese tiempo que no solo pasa, sino que se entreteje con nuestra existencia, que nos moldea con cada experiencia, con cada hecho, con cada cambio que nos invita a renacer. Y así, entre lo que fluye y lo que permanece, vamos descubriendo quiénes somos: un instante en movimiento y una luz que no se apaga. -
Que la Luz de tus Palabras Siga Naciendo
Que tus palabras sigan abriendo caminos,
que tu espíritu siga encendiendo luz,
y que cada idea que nace en ti
encuentre siempre su forma más bella.
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Reflexion
Me alegra ver que nuestros pueblos originarios avanzan en la educación académica occidental, pero lo más valioso es mantener vivos los valores ancestrales que nos enseñan a comprender la vida, a convivir y a cuidar la comunidad. No comparto que muchas personas pierdan su identidad al adaptarse a un sistema dominante. Tal vez ese camino comenzó para entender este mundo occidental y luchar por la justicia social, pero nunca debería significar renunciar a la esencia que nos hace un pueblo maya digno y respetable.
Los desafíos son muchos, pero permanecer firmes en el buen vivir nos hace incomparables. Recuperar nuestra lengua, honrar nuestro idioma ancestral y fortalecer nuestra cultura es un acto de amor hacia los nuestros. Avanzar en la educación académica sin perder nuestras raíces es construir un futuro más justo para nosotros y para las futuras generaciones.
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“Identidad originaria: Raíces que Resisten”
Somos la semilla viva de un origen que sostiene una identidad fuerte y presente. Sin embargo, esa identidad se ve alterada cuando entra en contacto con las formas de pensar del mundo moderno. Nuestra verdadera fortaleza permanece intacta porque somos hijos naturales de la Madre Tierra y seguimos alimentándonos del cordón umbilical que nos une a su sabiduría y a su equilibrio.
El modernismo, en su afán de clasificar y explicar lo que no comprende, etiqueta a los pueblos originarios como vulnerables. Y en ese proceso, muchas personas de nuestras comunidades se confunden: mezclan valores ancestrales con valores impuestos por la necesidad de sobrevivir en un sistema ajeno. Esa mezcla no siempre impulsa un crecimiento espiritual; a veces genera desorientación y pérdida de sentido.
Lo primero que hace el modernismo es separarnos, dividirnos, excluirnos. Aun así, seguimos siendo el movimiento más antiguo y más firme en la conservación de este planeta. Somos quienes recuerdan que la vida se sostiene en la relación sagrada con la naturaleza.
Tenemos despertar. Tenemos conocimiento. Somos riqueza mental, creatividad, desarrollo, cultura, lengua, independencia y libertad. Somos la memoria viva de la Tierra y también su futuro.
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El Sembrador del Equilibrio
El Hombre de Maíz despierta en el corazón del amanecer, donde la luz primera toca la tierra y revela los hilos invisibles que unen a todos los seres. Su espíritu, tejido con los colores del maíz sagrado, recuerda el origen antiguo donde la humanidad fue moldeada con paciencia, canto y fuego.
El avanza con pasos que no pertenecen al tiempo. Cada movimiento abre un círculo, cada gesto convoca una memoria. Su cuerpo es puente entre el cielo y la tierra, entre lo que fue sembrado y lo que aún está por nacer.
Escucha el pulso del universo. En su pecho resuena el tambor primordial, y en sus manos florecen los caminos que guían a los pueblos hacia la armonía. Su andanza no es solo movimiento: es oración, es ofrenda, es la semilla que vuelve a germinar en cada generación.
Cuando gira, el viento reconoce su nombre. Cuando se inclina, la tierra respira con él. Y cuando se eleva, las estrellas se abren como puertas antiguas que revelan el misterio de nuestra existencia compartida.
El nos recuerda que somos parte de un tejido infinito, que cada vida es un grano luminoso en la milpa del universo, y que nuestro destino es danzar en equilibrio con todo lo que vive.
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Nuestro Día Consagrado a la Memoria.
La casa grande aún respira,
con las risas de niños amados que danzan en sus rincones,
tejidas en los hilos invisibles del tiempo.
Allí viven las historias vivas
de bisabuelitos y abuelitos,
de mi tía, de nuestra amada Madre
cuya ternura nos abrazó como un manto sagrado.
Los fines de semana eran fiesta de almas,
y la mesa colmada de sabores que sabían a hogar,
a sacrificio amoroso,
a manos que cocinaban la unión.
Cada gesto fue una ofrenda,
cada entrega, un acto de fe.
Las heroínas de nuestra sangre
bordaron con voluntad y amor
el lazo eterno de la familia.
Hoy todos ellos habitan el mundo invisible,
ese reino sutil donde el alma no muere,
sino se transforma en luz,
en pensamiento,
en sol que fecunda el universo
y revela sus tesoros secretos.
Honor a los tatarabuelitos,
a los bisabuelitos,
a los abuelitos
a mi tía
a mi mamaita, a papá,
y a nuestra hermanita
que ahora son estrellas en nuestro cielo interior.
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“El Hombre de Maíz en la Danza del Cosmos”
Contemplamos el universo en su danza eterna,
envuelto en colores que nacen del misterio,
en sus creaciones que respiran milagro,
en la blancura pura de las ideas que duermen
y despiertan con el amanecer pleno de la primavera.
Escuchamos el canto primero de los pájaros,
el movimiento sagrado de los animales del bosque,
y en medio de ellos, el ser humano:
el hombre de maíz, hijo de la tierra y del cielo.
Desde este círculo de vida,
elevamos nuestra petición al universo:
que su brillo jamás se opaque
por el desequilibrio del conocimiento,
sino que, en el equilibrio de la verdadera sabiduría,
sepamos reconocer lo que nutre, lo que sana, lo que construye.
Que podamos crecer y evolucionar
como seres de luz renacida,
honrando a nuestro Creador y Formador,
guardianes del maíz, de la vida y del espíritu.








