Nuestro Día Consagrado a la Memoria.

La casa grande aún respira,
con las risas de niños amados que danzan en sus rincones,
tejidas en los hilos invisibles del tiempo.
Allí viven las historias vivas
de bisabuelitos y abuelitos,
de mi tía, de nuestra amada Madre
cuya ternura nos abrazó como un manto sagrado.
Los fines de semana eran fiesta de almas,
y la mesa colmada de sabores que sabían a hogar,
a sacrificio amoroso,
a manos que cocinaban la unión.
Cada gesto fue una ofrenda,
cada entrega, un acto de fe.
Las heroínas de nuestra sangre
bordaron con voluntad y amor
el lazo eterno de la familia.
Hoy todos ellos habitan el mundo invisible,
ese reino sutil donde el alma no muere,
sino se transforma en luz,
en pensamiento,
en sol que fecunda el universo
y revela sus tesoros secretos.
Honor a los tatarabuelitos,
a los bisabuelitos,
a los abuelitos
a mi tía
a mi mamaita, a papá,
y a nuestra hermanita
que ahora son estrellas en nuestro cielo interior.
