antiguo
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Hijos del Maíz y de la Luz
Nos inclinamos ante el vasto universo,
envueltos en el pulso antiguo del tiempo,
con el pecho abierto y el espíritu encendido.
Desde la hondura de la respiración
convocamos a los ancestros:
a las abuelas de manos de luna,
a los abuelos que hablaban el idioma secreto del viento, del agua, del maíz.
Que caminen hoy con nosotros,
como lo han hecho desde siempre, aunque la memoria a veces se nuble.
Honramos a la Gran Entidad,
la que sostiene mundos invisibles, la que siembra vida,
la que cruza mares sin cansancio, la que ama sin medida.
La tocamos con gratitud y pronunciamos: “Gracias por sostener nuestro camino.”
Honramos también al espíritu joven,
ese que danza sin miedo, que aprende sin prisa,
que sueña como si el amanecer fuera eterno.
Una voz antigua nos recuerda: “Brillen, hijos del tiempo.”
Celebremos nuestros pasos, nuestros cuerpos en movimiento,
porque cada paso es oración, cada gesto es ofrenda,
cada danza es puente hacia la raíz primera.
Honremos la alegría, la que arde sin apagarse,
la que brota desde el centro, la que los ancestros sembraron
como un fuego que nunca muere.
Y digamos con certeza: “Quédate, alegría. Eres nuestra medicina.”
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Emoción Sagrada
Hay emociones que no se explican, se honran.
Porque vienen desde un lugar antiguo,
donde la memoria y el alma se reconocen.
Tus lágrimas no son tristeza.
Son un lenguaje secreto.
Son la voz de lo que en ti sigue vivo,
lo que aún se atreve a sentir, lo que no se ha rendido.
Cada gota que cae es un hilo que te une con lo que fuiste,
con lo que eres, con lo que todavía está floreciendo.
Y qué sagrado es descubrir que,
con el paso del tiempo, tu corazón no se endureció,
sino que aprendió a latir más hondo,
más auténtico, más luminoso.


