Cuando el Espíritu Reconoce a sus Hermanos

Cuando el Espíritu Reconoce a sus Hermanos

Los animales no son un rumor del bosque ni criaturas menores que habitan a la sombra del ser humano. Son vidas completas: sienten miedo, buscan cobijo, reconocen el cariño, recuerdan el daño. Y aun así, muchos los llaman “salvajes”, como si la brutalidad fuera suya y no de quienes los persiguen.

Ellos respetan la tierra que pisan; no la hieren. Toman solo lo necesario; no arrasan. Protegen a los suyos; no destruyen por capricho. En su silencio hay más civilización que en muchas manos humanas.

He visto cómo son empujados hacia lo más profundo de las selvas, hacia los cerros que aún resisten, como si su existencia fuera un estorbo y no un milagro que sostiene el equilibrio del mundo. Cada territorio que se les arrebata es una herida abierta en la piel del planeta.

Quiero creer que tanta destrucción nace de una ignorancia heredada, de una ceguera que aún puede deshacerse. Porque respetar a los animales no es un acto de ternura: es un acto de justicia. Es reconocer que la vida que late en ellos tiene el mismo derecho a existir que la nuestra.

Quien logra mirarlos como seres sensibles, necesarios y dignos, recupera también una parte de su propia humanidad.

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